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Columna de Gabriel Boric: El Frente Amplio ¿el antídoto contra el Fascismo?

Medio: MUNDOBIP - Publicado: 08-11-2018 a las 17:23




El fenómeno de Jair Bolsonaro recientemente electo en Brasil, sumado a otros proyectos similares que emergen en otras parte del Mundo, nos obliga a convocar un análisis conjunto a las fuerzas democráticas y progresistas, respecto a cómo reaccionar. En estos días confusos, algunos actores se han apresurado a exigir responsabilidad y unidad “de la izquierda” ante la creciente amenaza de las derechas autoritarias y populistas. Pero vamos con calma.

Algunos datos de contexto. Año 2017 y las elecciones presidenciales en Chile: En primera vuelta, Piñera más Kast suman 2,9 millones de votos, mientras que Guillier, Bea Sánchez , MEO y Goic suman más de 3,5. En segunda vuelta, Guillier alcanzó 3,1 millones de votos, pero Piñera llegó finalmente a 3,8 millones. Revisando los datos, hay dos cosas que se pueden desprender. Primero, que hubo un intercambio de votantes en segunda vuelta y segundo, que no hubo total traspaso de votos del Frente Amplio a la Nueva Mayoría.

En el 82% de las mesas de Chile hubo más votantes en segunda vuelta que en primera. Las mesas que más crecieron, fue donde mejor le fue a Piñera (o donde más mejoró respecto a la primera vuelta). Por otro lado, si sólo consideramos la pequeña cantidad de mesas en donde hay menos votos en segunda que en primera vuelta (18% de las mesas) tiene un exitoso 31% de los votos en donde supera incluso a Piñera. En definitiva, existe una correlación: mientras mejor le haya ido en una mesa a BS en primera vuelta, menos votos nuevos en segunda vuelta. Si tomamos el 25% de las mesas en donde mejor le fue a Bea Sánchez hubo 15 mil votantes adicionales mientras que en el 25% de las mesas donde le fue peor hubo 187 mil votantes más.

Es decir, hay un indicador medible que marca tendencia de que buena parte (quizá no mayoritaria) del voto FA simplemente no fue a votar a segunda vuelta (Ver análisis estadístico) y eso es un elemento poco analizado y al mismo tiempo, importantísimo de cara al futuro próximo. Ahora bien, los datos electorales en sí mismo, no dicen todo y no son el mapa real de la política en Chile, pero sí hacen visible ciertos fenómenos.

El 2017, en segunda vuelta y como ya dijimos, Piñera es quien atrajo a nuevos votantes, en este caso desde una mirada más “conservadora”. En aquel momento, en el imaginario y a nivel mediático, se construye la posibilidad real de que el FA se transforme en una especie de “co-gobierno” de la NM producto de un eventual traspaso total de votos. El “miedo” que genera la primera votación de Bea Sánchez en los entornos de “derecha” (o más bien anti NM) hace que el “todos contra Piñera” termine beneficiándolo a él mismo, pues pone a Guillier como promotor de una agenda de cambios que pueden ser desestabilizadores y confusos (“Chilezuela”), sobre todo si se ponen en marcha a
cargo de una coalición desgastada, clientelar y corrupta. El “todos contra la derecha” sostuvo en Piñera, su liderazgo en la continuidad de otro imaginario: el proyecto exitoso del Chile moderno contra un proyecto poco convocante, sin mística y con bajísima capacidad de hacer sentido.

Visto de otra manera, hay una fracción de votantes FA que nunca votará NM, aunque esté Piñera (¿o Kast?) al frente, en una situación analogable al voto de castigo contra el PT en Brasil. En esta fracción se alberga la expresión de demanda de un nuevo actor desmembrado de la herencia de la Transición. Es una proporción (aún minoritaria) de gente que castiga duramente a la NM pero no se inclina por outsiders autoritarios sino que exige más democracia, derechos sociales y mejor repartición de la riqueza.

Hoy las y los progresistas ven con miedo el incremento de popularidad de los relatos autoritarios pues se coloca en la sintonía del descontento contra la “vieja política” desde la peligrosa vereda en donde cuestiona la democracia y los Derechos Humanos como si fueran trampas burocráticas.

Mientras la NM esté sumida en una fragmentación interna, vacío ideológico y desgaste, el único actor actualmente constituido que convoca a parte de esa disidencia anti “vieja política” es el Frente Amplio. Este último, para efectivamente convocar, debe ampliarse, empoderar su espíritu épico, renovador y dotarse de proyección de futuro.

El cada vez más resonante argumento de unirse para hacerle frente a la derecha dura es un riesgo a que el FA se vea asimilado a viejos actores que mermen su capacidad de convocar a nuevas franjas sociales. El “todos contra la derecha” asume que hay más gente de la que realmente hay convocada a ser una “izquierda responsable”, y eso en contextos de alta abstención electoral y de movilización social, no es tan cierto. Si no hay una identidad política novedosa que haga política masiva para con las y los desencantados, habrá una carretera pavimentada para los Bolsonaros. Como diría Slavoj Zizek, “el problema no era Trump sino Hillary Clinton”. No basta, por supuesto, con insistir en ser actores políticos “nuevos” ni elaborar altanerías morales para desdeñar de lo obrado post Dictadura en la compleja Transición chilena. La unidad exitosa contra el autoritarismo no será de la mayor cantidad de partidos políticos en una sola coalición sino de la sociedad organizada exigiendo un nuevo contrato social que sea capaz de constituir una distinción más clara entre los responsables de la crisis y quienes la padecen.

En medio de la sensación de vacío ante la crisis post Transición, lo que está en juego en Chile es la convocatoria a una nueva alternativa que se entronque en alianzas trasnversales que construyan movilización social y política que pueda darle certezas materiales a los menos privilegiados. Esto lo movilizan los sectores conservadores y autoritarios cuando encaran la crisis de la exclusión construyendo retóricamente el conflicto entre sectores medios y más vulnerables en donde prometen: “El pan no alcanza para todos, les prometo una cancha en donde puedan pelear con justicia por quién se lo lleva”. Un relato que esconde por cierto, quiénes son los verdaderos responsables de la desigualdad.

El discurso autoritario que nos devuelve a la Ley de la Selva en el siglo XXI precisa ser contenido. Y ya se han cavado a lo largo de Chile muchas trincheras de organización social, pero son aún insuficientes. Pero ahí, se articulan franjas sociales que se han movilizado por educación pública, por pensiones dignas, por vivienda, por conflictos medioambientales y por una ética y práctica feminista que son hoy el corazón que late fuerte a la interna de un heterogéneo Frente Amplio que debe que seguir manteniéndose unido, inspirado y convocante de quienes aún no se movilizan o ni siquiera votan, para llevar la disputa social a la política de redistribución de la riqueza y la profundización de la democracia.

Hoy, es más necesario que nunca dar un paso al frente en la Historia. Respondernos la pregunta si queremos disputar al mismo segmento tradicional que hoy ya participa en política o más bien quiere ampliarse y convocar a quienes han decidido alejarse de las organizaciones sociales y del activismo político. En nuestra opinión, sólo si tomamos el segundo camino, el Frente Amplio podrá ser alternativa que supere la creciente derechización autoritaria.

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