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Haitianas resisten a gritos contra condiciones de vivienda indignas en Estación Central

Medio: El Mostrador - Publicado: 20-11-2018 a las 1:06




En una de las poblaciones emblemáticas de Estación Central, Leyna, una mujer haitiana de 35 años y que padece graves enfermedades, abre la puerta de su domicilio. Vista desde fuera, su casa no se diferencia en nada del resto de las viviendas de la población. En su interior, no obstante, la precariedad del inmueble se erige como una muralla infranqueable entre ellos y la realidad doméstica de sus vecinos chilenos.

Hace un año, el marido de Leyna arribó a Chile desde Haití. Dada la necesidad de contar con mayor espacio, comenzó la búsqueda de un nuevo lugar donde vivir. Sin redes, sin trabajo y sin garantías de ningún tipo, aceptó el primer lugar que encontró: una casa que comparte con ocho haitianos más. Al atravesar el patio hacia el fondo y junto a la puerta de entrada, aparece una desvencijada lavadora y sobre ella un bol.

El suelo frío de cemento en bruto resuena con el caminar de la mujer, quien, con sus pies descalzos, transita por la casa hasta tomar asiento en el único sillón, ubicado en la cocina, que es a su vez el corredor principal de la casa. Los muros, también recubiertos de cemento, son atravesados por instalaciones eléctricas y tuberías improvisadas.

La cocina-pasillo, la que da directamente a las tres habitaciones; al fondo, un cuarto oscuro y sin puerta: “Es el baño”, indica. En la pared están trazadas las líneas de lo que, se supone, será la instalación de cañerías…

Leyna y los demás inquilinos pagan 120 mil pesos mensuales cada uno. Irónicamente, en el suelo yace una carta para sacar la tarjeta Hites.

Entre la oscuridad de la noche y la única ampolleta que ilumina empieza a hablar en francés. Leyna comienza su relato.

Maldito baño

“Al principio, las cosas estaban bien. Bueno, el baño nunca fue muy cómodo: nunca tuvimos agua caliente, por ejemplo… Pero podíamos vivir”. Sin embargo, pronto los problemas con el baño se volverían aún más dramáticos: “Empezó a tener fugas. El agua corría por el pasillo e incluso a la pieza de mi sobrina que vive al lado con su bebé. Ya no lo podíamos usar”. Desde los rincones de la casa se escuchan risas.

Leyna y su grupo se contactaron de inmediato con el propietario, un hombre chileno, que aseguró que iba a arreglar la situación. “Eso fue lo mejor” –recuerda la haitiana con una sonrisa amarga–. “El dueño llegó con un maestro, e hizo una demostración como para hacernos creer que iba a hacer algo… El maestro arrancó la puerta del baño, sacó el lavamanos y dejó un saco de cemento en el patio… Y no lo vimos más”.

Leyna asegura que el dueño simuló este “arreglo” para que los inquilinos siguieran pagando el arriendo. Las mujeres de la casa llamaron una y otra vez al propietario, pero nunca hizo nada. Actualmente, el baño se compone solo por un inodoro, los restos del lavamanos y una pequeña ventana; no cuenta con ducha y ni siquiera con una fuente de agua.

El bol sobre la lavadora en la entrada de la casa adquiere sentido: desde el momento en que el baño dejó de ser baño, los inquilinos comenzaron a bañarse en el patio. Con una voz entrecortada y una risa nerviosa por la vergüenza, Leyna cuenta el proceso de aseo del cuerpo: “Ponemos agua en el hervidor, esperamos a que se caliente y la ponemos en el bol. Cerramos el portón del patio, nos ponemos el calzón y hacemos todo rápido, muy rápido para que nadie nos vea”. Acto seguido, la mujer suspira… “Así es, no tenemos nada de intimidad”. Lo que antes era parte de la rutina diaria de higiene personal, “se volvió algo difícil, desagradable”. Con voz temblorosa y signos de humillación por develar tanta intimidad, comenta que ahora se baña cada tres días.

La mirada se dirige nuevamente al cuarto del fondo, al baño. “Y cuando vamos al baño, vamos así, sin puerta. Esperamos que nadie esté en el pasillo y vamos rápido por si alguien pasa”. Leyna hace silencio. Cavila. “¡Perdón, pero esta vida es una mierda!” –ríe para apaciguar la indignidad–.

La resistencia haitiana

En la lucha por reconstruir la dignidad arrebatada por el hacinamiento y las condiciones de vivienda, Leyna, su sobrina y otra inquilina, decidieron decir basta. Iban a utilizar el último recurso que les quedaba: dejar de pagar. El 5 de octubre apareció el dueño a cobrar el dinero. Tocó la puerta de Leyna, pero ella no respondió. Toco la puerta de Shani, la otra inquilina, quien tampoco respondió. El hombre, desconcertado tocó la tercera puerta, la de Stefanie, la sobrina. Ella sí respondió: “¡Hasta que no repares la ducha no tendrás tu plata!”, le dijo.

Él, en un arrebato de ira empezó a golpear la mesa. A Leyna se le iluminan los ojos rememorando la situación, rememorando el inicio de la resistencia haitiana. “No paraba de gritar: ‘¡Salgan de acá, quiero mi plata! ¡Voy a llamar a la policía!’. Stefanie le dijo que lo hiciera, que llamara a la policía: ‘¡Para que vean cómo vivimos por culpa tuya!’”. Leyna apareció en la escena y el hombre se acercó a confrontarla por el dinero. La mujer reafirmó lo mismo que su sobrina: sin ducha no hay plata. La sonrisa de la haitiana al recordar la escena se transforma en una carcajada: “¡Y se fue! ¡No lo vimos más! ¡Me sentí tan orgullosa de repente!”.

Leyna no tiene miedo. Repite firmemente que están en su derecho, y si bien ella está consciente que esta medida no cambiará la situación, que tendrá que buscar una nueva casa y recomenzar el ciclo, sintió que este acto de resistencia le devolvió a ella y su grupo un poco de la dignidad arrebatada en Chile. Esa dignidad que surge cuando se niega la injusticia.


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